Agradecimiento al señor que vino a visitarme el 1 de enero pasado




Vino 2013, saludó, se sacó el sombrero, lo dejó colgado en el perchero, se sentó en el sillón del living y empezamos a charlar. Lo miré desconfiada, como suelo mirar todo lo que no conozco, pero vi cómo posaba su mirada sobre las cosas y empecé a sentirme más tranquila. Se detuvo un largo rato en las rosas blancas que se chocan con la ventana del living y me dije que nada malo suele venir de un hombre que puede quedarse en silencio mirando unas flores blancas. Se acomodó, puso las patas sobre la mesa, y me di cuenta de que tenía tiempo de sobra y que había venido para quedarse. Me confirmó mis sospechas cuando me dijo que pensaba quedarse 365 días en casa. Le ofrecí uno de los cuartos de arriba; pareció gustarle. Como se estaba haciendo de noche y no sabía si había viajado mucho hasta llegar a casa, le ofrecí algo para comer, temerosa de no poder satisfacer sus necesidades. Tomó solo un té, y luego se fue a dormir. Dormí poco, inquieta con un extraño en mi casa, temiendo las peores cosas. A la mañana me desperté sin ganas, cansada, con poca paciencia para entablar una relación que iba a durar 12 meses. Cuando bajé, 2013 ya no estaba, había salido. Me quedé sola, esa y varias mañanas más: me despertaba, y él ya había salido. A la noche, cuando volvía de trabajar, 2013 ya estaba en su cuarto; los ojos de Ramón parecían decirme otra vez te lo perdiste. Luego de varias semanas, nos encontramos una mañana de lluvia. Me había propuesto levantarme antes que él. Desayunamos juntos y me contó sus planes: me entusiasmaron. De a poco, empezamos a hacer cosas juntos. En general, lo que a él se le ocurría era más osado de lo que yo me animaba a hacer, pero había algo en su determinación que hacía que yo lo siguiera. Me invitaba a caminar a veces por caminos que bordeaban el bosque; otras se hacía de noche y perdíamos el sendero. A veces cambiaba la geografía, y pasábamos del frío al calor. O cruzábamos un puente. O una montaña. Cuando llegábamos a casa, compartíamos la comida y después nos separábamos. Él se iba a dormir con su seguridad, y yo me quedaba abajo, acariciando a Ramón, y pensando en cuál sería el programa del día siguiente. Tengo que confesar que algunas mañanas me hice la dormida y dejé que él se fuera solo, pero después de dos o tres días de aislamiento, me torturaba pensando qué cosas me habría perdido por no seguirlo. 
Ahora que ya se fue, pienso en todo lo que me dejó y se lo agradezco: ciertas experiencias quedaron grabadas en mi computadora, hay fotos de algunas aventuras colgadas en la pared, y un libro mío en un estante de la biblioteca. Pero, sobre todo, quiero agradecerle a 2013, que en su compañía sentí la posibilidad de crear cosas nuevas.

Ahora estoy con 2014 y es una bellísima mujer. El año que viene les cuento.

Paula Levallois